jueves, 9 de febrero de 2017

Caras Pintadas en el Centro Ceremonioso


CARAS PINTADAS
EN EL
CENTRO CEREMONIOSO



JORGE MESÍA HIDALGO


   
Son muchas las ocasiones que he recibido del Profesor Rubén la invitación para asistir a conocer un lugar, por el momento, misterioso. Se trata del Centro Ceremonioso de Pamashto. Nombre otorgado por el mismo profesor en vista que, según él, reúne todas las características propias de un lugar de culto al dios sol, como otros que existen en el Perú, específicamente en las localidades de Cuzco y Andahuaylas. Conozco al Profesor Rubén desde pequeño, literalmente hablando, puesto que es hermano mío, oriundos de la ciudad de Lamas, la célebremente conocida “Ciudad de los Tres Pisos” nombrada así por el científico italiano Don Antonio Raimondi, o también conocida, fastuosamente, “Capital Folclórica de la Amazonia Peruana”, en honor a su legado histórico de chancas y pocras, de costumbres, rituales y danzas coloridas. Hijos, ambos, de Doña María Estefita Hidalgo Flores, y puedo dar testimonio claro de sus facultades talentosas en muchas áreas del arte y la cultura. Exponente nato del teatro y la poesía, estudioso compulsivo e indesmayable de la cultura lamista, de los primeros pobladores de la bella, apacible y noble ciudad de Lamas, y qué decir de otras cualidades y talentos propios del Profesor Rubén, que a diario los pone en práctica para beneplácito de su esposa, hijos y amigos que lo rodean.
En forma insistente y, podría decir, hasta en forma obligatoria, pero siempre cordial, el Profesor Rubén me participó la invitación de visitar la Comunidad de Pamashto, el día 20 de Junio para asistir en la madrugada del 21 a presenciar, según sus propias palabras, algo extraordinario de la naturaleza: “El Solsticio de Invierno”. Ignorante, yo, de materias astronómicas, galácticas o denominación que sea que reciban estos hechos naturales, comencé a indagar en libros, en diccionarios, internet y otros medios que tuve a mano para procurarme información que ampliara un poco mis escasos conocimientos al respecto. Efectivamente, encontré amplísima información sobre este fenómeno natural que ocurre dos veces al año y cuyo tenor, en la red de información,  textualmente, dice lo siguiente:
”El solsticio de invierno corresponde al instante en que la posición del Sol en el cielo se encuentra a su mayor distancia angular al otro extremo del plano ecuatorial del observador. Dependiendo de la correspondencia con el calendario, el evento del solsticio de invierno tiene lugar entre el 20 de diciembre y el 23 de diciembre todos los años en el hemisferio norte, y entre el 20 de junio y el 23 de junio en el hemisferio sur, durante el día más corto o la noche más larga del año, lo que no debe ser confundido con el día o con la noche más oscura, o con el día en que amanece más tarde y el sol se pone más temprano”.
Así, informado y convencido, me preparé para realizar el viaje. Sería acompañado por mi esposa María Paz y mi hijo Jorge David, ya que mi hija Melissa Milagros cursa estudios superiores en otra ciudad, tan distante que no lograría llegar a tiempo. Sin embargo a última hora tuvimos percances de trabajo, tanto, que ni mi hijo ni mi esposa podrían acompañarme, de modo que el viaje lo realizaría sólo. Partiría desde la ciudad de Tarapoto, donde radico desde hace 30 años, con destino, primero, a la ciudad de Lamas y desde allí hasta la Comunidad de Pamashto. Es un periplo relativamente corto y cómodo, a través de extraordinarias carreteras en cómodos y veloces vehículos.
Aquel sábado 20 de junio la ciudad amaneció con una lluvia de regular intensidad y, según informativos radiales, fue igual en casi toda la zona de San Martín. Empecé a tener un sentimiento de preocupación, ya que no cumpliría con la promesa hecha al Profesor Rubén, pero por otro lado, asomaba en mí un sentimiento de tranquilidad, ya que al otro día, precisamente el día Domingo 21 se celebraba el Día del Padre, y me quedaría en casa para recibir visitas y llamadas telefónicas saludándome por tan honroso día. Con el peso de estos sentimientos encontrados, llamé al Profesor Rubén, a media mañana, cuando la lluvia había amainado un poco. Grande fue mi sorpresa cuando el profesor me informó que en la ciudad de Lamas había llovido poquísimo y a esa hora estaba a punto de asomar el sol. Me alegré muchísimo y salí al patio trasero de casa a “soplar al cielo” en un intento de que la lluvia cejara por completo, tal como me lo habían enseñado mis padres y abuelos basados en creencias antiguas. Y, ¿qué creen que ocurrió?, pues nada más y nada menos, al cabo de diez minutos, la persistente llovizna que caía sobre la ciudad de Tarapoto, cejó completamente, dejando un cielo bastante despejado e invitándome a emprender el dichoso viaje. Más tarde, estando en Lamas, el Profesor Rubén me confesaría que, a la hora de mi llamada, la lluvia era torrencial en la Ciudad de los Tres Pisos, calmando completamente después del medio día.
—Hermano, fue una pequeña mentira de mi parte, para que te animaras a venir, —me dijo, dándome un abrazo fraterno.
Más tarde, promediando las cuatro de la tarde, de aquel sábado 20 de junio, hacía mi ingreso a la ciudad de Lamas. Debo confesarles, quizás porque soy natural de tan bella ciudad, que para mí es un placer llegar a ella. Para empezar, desde antes de ver su agraciada geografía, desde la entrada por el Barrio Zaragoza, es un placer sentir su fresco y por ratos frio clima, ver hermosos paisajes en todas las direcciones que orientes los ojos, el majestuoso río Mayo y la impresionante y populosa ciudad de Tarapoto. Luego, avanzando por la carretera, ver el hermoso Barrio de Zaragoza y a un costado el Barrio Suchiche que conforman el primer piso natural de la “Ciudad de la Santísima Cruz de los Motilones” como la llamó su fundador el español Don Martín de la Riva y Herrera. Adentrándose en la ciudad, siempre en pendiente, hasta las proximidades de la Plaza de Armas, empieza la zona plana, denominándose esta parte como el segundo piso. Unas dos o tres cuadras más allá, siguiendo la principal calle de la ciudad empieza la otra pendiente, dando inicio al tercer piso, culminando en la cumbre del cerro donde se encuentra ubicada esta bella ciudad. La casa, pequeña pero acogedora, del Profesor Rubén se encuentra prácticamente en el segundo piso. Me sorprendió gratamente encontrar, en la residencia del Profesor Rubén un buen número de personas, en su mayoría jóvenes, todos entusiastas, que preparaban papelotes escribiendo mensajes de agradecimiento a la naturaleza, al sol, la tierra y toda expresión del medio ambiente, tan sano y puro, aún, en esta parte de la Amazonía Peruana. Son pocos los jóvenes que me reconocieron al ingresar al interior de la residencia, podría decir, incluso, que ninguno de ellos sabía de mi relación familiar con Rubén López, es más, estoy seguro que todos me tomaron como un curioso más que acompañaría a la delegación en expedición de visita al Centro Ceremonioso.
Como todos los asistentes aquella tarde, en casa del Profesor Rubén, también me tomé la libertad de ingresar sin esperar invitación, quizás, yo, con más derecho que otros, puesto que visitaba a un hermano y saludar a mis sobrinos, quienes prestos y atentos como siempre, se acercaron a mí prodigándome abrazos, besos y choques de manos, gestos que, al final, me dieron el lugar correspondiente en medio de tanto gentío. Sin embargo debo ser hidalgo en reconocer que esas actitudes de confianza de los jóvenes en torno al Profesor Rubén se deben a su nobleza de carácter y a su actitud conciliadora y amistosa, valores que él siempre puso de manifiesto en su entorno, ganándose con ello respeto, aprecio y admiración.
A los pocos minutos de haber llegado a Lamas y haber ingresado a la casa del Profesor Rubén, empecé a contagiarme del entusiasmo y la alegría de los presentes ahí. El mismo anfitrión, mi hermano, y sus hijos, mis sobrinos, me imbuyeron de confianza y seguridad al darme tareas dentro de la agrupación para contribuir a lograr los objetivos por las cuales habíamos sido convocados a formar parte de aquella expedición, sino aventurera, podría decir de cultura y reconocimiento. Había cierta excitación y exacerbamiento en el ambiente en aquel lugar por desplazarse lo más pronto posible al lugar del Centro Ceremonioso, que fácilmente también caí preso de dicho apasionamiento.
A parte de algunas actividades que debía realizar en forma inmediata para ayudar a que la expedición se diera con todo el éxito posible, el Profesor Rubén me encomendó la difícil tarea de ser el camarógrafo personal de la agrupación, hecho que al mismo tiempo de halagarme me llenó de preocupación porque era la primera vez en mi vida que haría eso. Presto como siempre a solucionar el pequeño problema presentado por mi ignorancia en el manejo de esos aparatos, el Profesor Rubén, me dio unas clases magistrales en el manejo y conducción en tan sólo unos minutos, quedando yo, expedito a cumplir mi función en el periplo que minutos más tarde emprenderíamos hacia la Comunidad de Pamashto.
El tiempo avanzaba y al parecer no se daban aún todas las cosas necesarias para emprender el viaje. El Profesor Rubén, moviéndose de un lado para otro daba muestras de preocupación por el retraso de lo programado.
—Rubén, ¿qué es lo que falta para partir?, —le pregunté, dándole a entender cómo puedo ayudar para superar ese momento angustiante por el que atravesaba. Él me miró y avanzó hacia la puerta, lo seguí. Estando afuera me respondió:
—Hermano, falta que venga uno de los músicos de la banda típica, pero me dicen que lo vieron libando licor con un grupo de amigos, eso me preocupa, también estoy esperando a un grupo de amigos comunicadores sociales de la ciudad de Tarapoto, quienes van a filmar todas las acciones de esta expedición para propalarlos por la televisión, de ellos tengo la seguridad de que llegan en cualquier momento, y lo del músico que se está embriagando, puedo cubrirlo yo, con eso está solucionado todo, —me dijo, dándome unas palmadas en el hombro.
Asentí con la cabeza y volví a preguntar:
— ¿Y, los jóvenes que están adentro, por qué llenan esos papelotes?
Me miró con una sonrisa:
—Hermano, ellos son actores, algunos son estudiantes de pedagogía y otros profesores titulados, son amantes del arte y la cultura, están llenando los papelotes con el texto del libreto que expondrán durante una actuación teatral que realizaremos en el Centro Ceremonioso, ya que no les dará tiempo para memorizarlo. La representación teatral se hará en alusión a un ritual que probablemente realizaban nuestros antepasados en el amanecer del día de solsticio, en agradecimiento al dios sol. Acá aún no está confirmado, se deberán hacer más estudios científicos, sin embargo con los conocimientos que tengo hasta el momento, el ritual que representaremos, será una imitación a lo que se hacía en el Cuzco y en Andahuaylas hace cientos de años en tiempos del Imperio Incaico, y que hasta hoy conservan, a modo de expresión cultural para conocimiento de lugareños y visitantes.
Quedé callado ante tan elocuente y clara exposición del Profesor Rubén. Es más, mis ansias por visitar y conocer tan misterioso y atractivo lugar se multiplicaron, haciendo que preste todo el apoyo necesario para agilizar la partida. Aproximadamente a las cinco y treinta de la tarde arribaron los personajes de la televisión de la ciudad de Tarapoto, todos amigos del Profesor Rubén, quien presuroso me presentó. Yo, presto, cordial y animoso por entablar una conversación con ellos, me llevé una ingrata sorpresa, pues no me dieron la mínima atención. “Así debe ser la gente de la televisión”, pensé, de inmediato. Además, de qué podrían conversar conmigo si soy un completo ignorante en esas materias. Sin embargo con el transcurso de los minutos, el popular “Shicshi”, se nos acercó, y contó algunos chistes, poniendo de manifiesto su carácter sencillo y proceder humilde, cayéndonos muy bien a todos, en el acto. El nombre real de este talentosísimo artista es Johnny Flores y representa al personaje nativo sanmartinense popularmente conocido a través de la televisión como “Shicshi”. Es un reconocido comunicador social que difunde la cultura autóctona de San Martín a través de la televisión y es visto, además de San Martín, en varias regiones del país y hasta en el extranjero. Además ha actuado, según sus propias palabras y confirmado por muchos, en una película peruana de resonancia internacional y en varias obras teatrales, lo que lo convierte en un actor. Acompañaba al “Shicshi”, su amigo Javier, productor televisivo, guionista y camarógrafo experto del programa que conduce en la televisión tarapotina. Otro personaje que llegó en esos momentos es el Profesor Luis Bartra un buen amigo y colega del Profesor Rubén y extraordinario músico, integrante de varios grupos musicales que difunden la música latinoamericana. También hicieron acto de presencia Fernando Rojas, Luis Barrantes, Enrique Vela, todos ellos músicos, amantes de la cultura y el arte.
Siendo las seis y treinta de la noche, el Profesor Rubén vio por conveniente partir. Todo estaba listo y cada integrante de la expedición cargó sus cosas en los vehículos que nos conduciría a la Comunidad de Pamashto. En días previos el profesor Rubén había hecho coordinaciones con autoridades locales de Lamas y la Comunidad de Pamashto, logrando con ello apoyo logístico necesario para el viaje. El viaje en noche cerrada y oscura, no se tornó monótona y aburrida, gracias a la espontaneidad del “Shicshi” para contar chistes y anécdotas de su vida, apoyado lógicamente por el Profesor Rubén, que en esos aspectos tiene un innato talento. En los pobladores de Pamashto, esta visita concitó mucha atención, por lo que al arribar a la localidad un tumulto de gente nos esperaba con banda musical típica y saludos de bienvenida. Pamashto es una localidad pequeña, rodeada de majestuosas montañas llenas de verdor y encanto selvático. Cuenta con servicio de luz eléctrica y agua potable las 24 horas. Su población que bordea los quinientos habitantes es amable, servicial y respetuosa. Calles tortuosas y descuidadas cruzan el pequeño pueblo, destacando una sola, por su anchura y buen cuidado, es la calle principal donde se ubican los negocios y los paraderos de vehículos hacia otros pueblos anexos y principalmente hacia la ciudad de Lamas desde donde se conectan con la ciudad de Tarapoto y al resto del país y del mundo.
Inmediatamente que llegamos al pueblo, el Profesor Rubén fue asediado por los curiosos que lo conocían, también por las autoridades que se acercaron a saludarle y darle la bienvenida personalmente y, de paso, a coordinar las acciones a realizar desde ese momento. Todos nos apeamos de los vehículos. Fue en ese momento que empezó mi tarea de filmar. Una banda típica integrada por tres personas, con clarinete, bombo y tambor, interpretaba una canción muy conocida cuyo nombre no recuerdo, y que, debido a la emoción del momento, se me olvidó preguntar. El tumulto y la confusión eran grandes a tal punto que llegué a perder la conexión que mantenía con el grupo desde nuestra partida de la ciudad de Lamas. Sólo llegué a escuchar al Profesor Rubén a cierta distancia, rodeado de la muchedumbre, que decía: “Vamos a caminar hasta el Centro Ceremonioso”. Entonces, dejando de filmar, me acerqué rápidamente hasta él, abriéndome paso entre la gente. Lo alcancé cuando caminaba presuroso, junto a sus dos hijos, mis sobrinos Ana Estefita y Mario Enrique, en medio de la oscuridad del camino. Le toqué el hombro para que se diera cuenta de mi cercanía. Él al voltear a mirarme, dijo:
—Hermano, no te quedes del grupo, vamos a caminar unos diez minutos para llegar a una casa donde pernoctaremos, estando ahí seguiremos coordinando, ¿está bien? —Sólo llegué a responder,
—Está bien, hermano.
Seguí caminando junto a ellos, en medio de la oscuridad, apenas alumbrado por una linterna que el Profesor Rubén llevaba en la mano. El camino, una carretera de penetración hasta una comunidad cercana, estaba lodosa, por la torrencial lluvia que había caído durante el día, sin embargo una cantidad numerosa de personas del pueblo, junto al grupo que habíamos llegado desde Lamas, caminamos sin mayores contratiempos, contando chistes y lanzando gritos de júbilo, de rato en rato.
Luego de haber caminado varios minutos, con los zapatos embarrados y las piernas adoloridas, logramos divisar una casa completamente iluminada. “Es la casa de la familia Romero”, comentó el Profesor Rubén. Al llegar a ella me sorprendió encontrar a los integrantes de la banda típica cómodamente sentados e interpretando canciones de su amplio repertorio, otro grupo de lugareños también nos habían adelantado y esperaban ansiosos a la delegación de artistas, investigadores y estudiosos venidos desde la ciudad de los Tres Pisos. Muchos aplaudieron cuando el grupo hizo su ingreso a una pequeña explanada, muy bien iluminada, que habían preparado para la delegación. Otra sorpresa me esperaba entonces, la casa contaba con todos los adelantos propios de la ciudad, cuando esperaba encontrar un lugar con las carencias propias de las chacras. El Profesor Rubén, de inmediato se encargó de informarnos, que por más lejano que pareciera el lugar, formaba parte del casco urbano de la Comunidad de Pamashto, por ende a contar con todos los adelantos y comodidades de la actualidad. En el fondo, a todos, nos alegró esta novedad, ya que no tendríamos dificultades con las necesidades básicas de todo ser humano.
La familia Romero, propietaria del terreno donde se encuentra ubicado el Centro Ceremonioso, se portó maravillosamente. No sólo nos brindó acogida en su moderna casa, sino también nos recibieron con bebidas típicas de la región como son la chicha de maíz amarillo y el infaltable uvachado. A los pocos minutos de haber arribado todos estábamos instalados, entonces el Profesor Rubén vio oportuno dedicar unas palabras de saludo y agradecimiento. Estaban presente los señores Romero, el alcalde de la Comunidad de Pamashto, quien más adelante se encargó de aclararnos que el pueblo tenía nivel de Centro Poblado, también estaba presente la “Shipash” (Reina de belleza) del pueblo, una agraciada señorita representante de la belleza y la cultura, varios pobladores y los integrantes de la delegación en su conjunto. El discurso fue breve y escueto, característica del Profesor Rubén, luego el señor Romero se encargó de dar las palabras de bienvenida. Culminada la pequeña ceremonia, el grupo de músicos que acompañaba a la delegación, hizo gala de talento interpretativo, al regalarnos varias canciones con las cuales se armó una pequeña fiesta.     
Mientras los músicos interpretaban bellas melodías que concitaban la atención de los pobladores del lugar, en el interior de la vivienda los integrantes del grupo de actores, encabezados por el Profesor Rubén, se preparaban para realizar un acto teatral espontáneo en el Centro Ceremonioso. Llamó mi atención y de la de muchos ahí presentes esta sorpresiva noticia. Tomé la cámara y realizando mi labor de camarógrafo me acerqué prontamente a Rubén.
—Hermano, ¿la actuación va a ser en este momento?, —pregunté.
Él se me acercó, con el dorso desnudo, a punto de colocarse en la cabeza una especie de corona de plumas.
—Hermano, vamos a improvisar una representación teatral, tal como lo hacen en el Cuzco, unos minutos antes que termine este día y que empiece el día de solsticio, va a salir lindo, ya verás, —me respondió.
Yo solamente moví la cabeza afirmando, con la cámara en la mano y filmando las ocurrencias de ese momento, allí, en la sala de la casa que nos daba cobijo, estos jóvenes artistas, ávidos de demostrar su talento, de pronto lo convirtieron en camarín de teatro. Moviéndome de un lugar a otro, cual eximio camarógrafo, miraba, sorprendido, cómo aquellos jóvenes sencillos y comunes como cualquiera de nosotros, se convertían en otros, artistas y actores listos para el escenario, gracias a la vestimenta y el maquillaje.
Minutos más tarde, contagiados por el entusiasmo del Profesor Rubén y su compañía de actores, emprendimos el camino de subida hacia el Centro Ceremonioso. El camino, como era de esperarse, debido a la lluvia de ese día, estaba pésimo. Lodoso y resbaloso, con pequeños charcos de agua acumulada en varios sitios, el camino nos dio mucho trabajo para llegar al lugar indicado lo más rápidamente posible, sin embargo el deseo y las ansias de conocerlo, por lo menos eso pasó por mi mente, nos dieron la fuerza necesaria para seguir. Un grupo numeroso de personas, tanto lugareños como visitantes, acompañamos a los jóvenes actores. Algunos hacían comentarios de nuestra loca actitud para seguir un camino tan pesado, que en nuestro sano juicio, ni por la más grande recompensa monetaria, habríamos seguido. Otros lanzaban gritos de susto, tratando de amedrentar a los demás, que en vez de temor causaban gracia. Esa vez no sólo el Profesor Rubén llevaba su pequeña linterna, sino también yo, que, aprovechando que tenía la cámara filmadora en mi poder, lanzaba su gran luz para ayudar a los demás a desplazarse por tan sinuoso camino. Otra vez a caminar en noche cerrada, totalmente oscura, sin el resplandor de las estrellas, que en otras ocasiones despiertan sentimientos de romance al contemplarlas en el firmamento, pero que aquella vez, gracias a la lluvia fuerte y prolongada del día, no fue posible distinguirlas, porque un grueso manto de nubes cubrían el cielo en su totalidad. El espectáculo, a ver, prometía, sobre todo estando de director el Profesor Rubén, por ello, deponiendo flaquezas y lamentos, seguimos caminando cuesta arriba, mudos por el cansancio y agitados por el esfuerzo.
Cuando finalmente llegamos al lugar, unos hombres, previa coordinación con el Profesor Rubén, habían instalado un foco incandescente en el lugar alimentado por energía de una batería y otros estaban prendiendo una gran fogata en el centro de las ruinas hechas de piedras denominada por Rubén como Centro Ceremonioso. Me detuve a contemplarlo, no podía distinguirlo en su total magnitud, pues la negrura de la noche me impedía hacerlo, sin embargo tuve la sensación de estar realmente en un lugar místico, de culto, de respeto por aquello desconocido pero que intuye en el alma y en el sentimiento humano, una especie de admiración, de instinto imaginativo que en ese lugar, años atrás, quizás siglos, personas de nuestro pasado linaje histórico, con diferente criterio cultural, se reunían allí para implorar a los dioses, interactuando entre los astros y la tierra, por el bienestar de ellos mismos, de sus tierras, sus cultivos y cuanto beneficio más les podría brindar la naturaleza. Absorto en mis pensamientos, no me di cuenta que los actores y los músicos estaban en sus lugares, listos para empezar la ceremonia. Ante el llamado del Profesor Rubén ingresé al lugar, cámara en mano, para filmar todas las ocurrencias que tuvieran lugar aquella noche sorprendente para mí.
Como era de imaginarse el acceso se me hizo difícil, el terreno resbaladizo y la altura del muro de piedras que formaban el círculo del Centro Ceremonioso, así lo hicieron. Estando adentro del círculo, en medio del lodazal que se había formado ahí, me vino otra sensación, esta vez de culpa, de temor. De culpa por estar mancillando un lugar sagrado, de misticismo y de culto, y de temor por la gran energía que se siente al ingresar, y que se podría no estar preparado para tales actos. No obstante, al ver  a los demás que lo hacían con mucha naturalidad y tener la versión de Rubén de que el lugar, sin los estudios científicos necesarios podría ser una farsa, hecha no en tiempo antiguos, sino en años recientes, con la sola finalidad de llamar la atención de los extraños, hizo que me sienta cómodo y sin temores.
En seguida, una música de tambores y flautas, llamó la atención de todos los presentes. Era un ritmo melódico de adoración, de ofrecimiento y de saludo. Acto seguido, el ingreso sorpresivo de los actores, esta vez estilizando una danza eufórica, salvaje e intrigante. Sorprendió a todos, tanto que, los espectadores que se encontraban apostados en la parte superior de los muros, comenzaron a aplaudir a rabiar. Yo, obviamente sorprendido al igual que el otro camarógrafo de la televisión, sin darnos cuenta que el lodo nos llegaba hasta las rodillas, seguimos con nuestras cámaras todas las incidencias. Caras pintadas, torsos desnudos y plumas en las cabezas, los danzarines-actores realizaron un acto teatral espectacular, nunca antes visto por mí, ni siquiera en películas y, estoy seguro que muchos de los presentes ahí, pensaban igual. Girando alrededor de la gran fogata erigida en el centro del círculo de piedras, con movimientos dancísticos frenéticos, con mucha fuerza, los danzarines-actores lanzaban gritos, como queriendo llamar la atención de la naturaleza viva nocturna, de los dioses astrales ocultos por densa nube que cubría todo el espacio del cielo, cual espectro que impedía ver la magnificencia del brillar de las estrellas y cuanto astro se encuentra en él. Los efectos del solsticio de invierno habían empezado, sin la menor duda. Luego, los pedidos. Los jóvenes actores, encabezados por el Profesor Rubén, uno a uno, se arrodillaban frente a la fogata y elevando la mirada al cielo pedían al sol, que en unas horas haría su aparición en el firmamento, no niegue sus apreciados rayos a la tierra, para que sus cosechas no se perdieran y tengan el fruto bendito para alimentarse, que controlara al invierno lluvioso para que los pueblos no se inundaran y no se pierdan sus animales, sus seres queridos. Mientras esto ocurría, mientras los actores expresaban los pedidos, se hizo un silencio especial entre los espectadores, un silencio de respeto, de coincidencia. Todos atentos a las expresiones vocales y corporales.
En un momento dado, cuando las danzas se hacían más frenéticas y el extenuante esfuerzo hacía presa de los cuerpos de los danzarines, yo dejé de filmar. Me distraje, bajé lentamente la cámara y preferí mirar con mis propios ojos, lo que antes venía haciéndolo a través del diminuto visor de la pequeña cámara, porque realmente el acto era digno de verse en directo. Uno a uno, empezando por el Profesor Rubén, los actores-danzarines realizaron un ritual extraordinario. Los cuerpos semidesnudos con movimientos fuertes y gritos sorprendentes hacían gestos de reverencia acercándose a la fogata y retirándose, casi de inmediato, levantando la mirada al cielo. Todos y cada uno, a su tiempo, lo hicieron seis veces, hecho que provocó nuevamente el aplauso de las personas que acudieron al acto, personas, incluido el suscrito, que tuvimos la suerte de asistir aquella noche. De pronto, me acordé que tenía la cámara en la mano y que mi función aquella noche era filmar, así es que volví a hacerlo, cuando el espectáculo estaba concluyendo.
La música calló, los actores se reunieron para felicitarse por el grandioso espectáculo y el público presente los premió, nuevamente, con aplausos. Entonces, apagando la cámara, que por el momento había cumplido su tarea, me acerqué al grupo de actores, directamente al Profesor Rubén. Él al verme, se me adelantó:
— ¿Qué opinas, hermano?, ¿qué tal te pareció?, —sólo lo miré y sin decir palabra, colgando la cámara en mi hombro, aplaudí, fuertemente, como lo hacía la gente que se encontraba alrededor, —gracias, —dijo, —eso quiere decir que te gustó.
—Nos gustó a todos, hermano, por eso estamos aplaudiendo, —le respondí estrechándole la mano.
Luego él se dirigió al público agradeciendo su presencia y los aplausos conferidos e invitándoles a retirarse para que en la madrugada podamos asistir a presenciar la majestuosidad del astro sol al hacer su aparición en aquella parte de la tierra.
Como era de esperarse el retorno fue también calamitoso, sin embargo mucha alegría reinaba en el grupo de personas que asistieron a ver el espectáculo y más en el grupo de artistas que realizaron el acto. Al llegar a casa de los Romero, la gran mayoría se dirigieron a sus casas y nos quedamos el grupo de actores y uno que otro invitado. Luego de unos minutos de estar comentando acerca de la representación teatral, nos dirigimos descansar. La amabilidad de los Romero se extendió hasta habilitarnos colchones, colchonetas y mantas tendidas en el suelo de la gran sala de su casa para dormir. Bueno, dormir y descansar fue nuestra intención, sin embargo los mosquitos y zancudos nos lo impidieron, aún así, por minutos, algunos logramos pegar los ojos y soltarnos en los brazos de Morfeo, hasta que el propio Profesor Rubén nos despertó, cansado de luchar contra los molestos bichos voladores, a las cuatro con treinta minutos.
— ¿No es muy temprano para ir al Centro Ceremonioso?, —pregunté.
—Sí, es muy temprano, pero si no vamos a dormir por estos benditos mosquitos, será mejor levantarnos y empezar a prepararnos, de paso tomamos nuestro café para estar totalmente despiertos, —dijo, riendo, el Profesor Rubén.
Más tarde, aproximadamente media hora después, luego de que los actores estaban debidamente vestidos y pintados, y luego de haber tomado un exquisito café, preparado por la señora Romero, emprendimos el camino al Centro Ceremonioso. Aún era noche oscura y las peripecias de la caminata anterior volvieron a repetirse, pero en menor intensidad, pues era la tercera vez que hacíamos el recorrido. Rápidamente la noche daba paso al nuevo día, unas ráfagas de luces blancas en el cielo anunciaban la presencia, casi inmediata, del alba. Cuando llegamos al Centro Ceremonioso el día estaba casi declarado, pude, entonces, apreciar que el círculo de piedras que conformaban el posible lugar de culto de antiguos pobladores de la zona, se ubicaba en la cumbre de una pequeña colina, aparentemente, para mí, hecha a propósito, para erigir en su cima el centro de culto. Al subir la pequeña colina pude apreciar, también, una especie de andenes en círculos alrededor del centro ceremonioso, y no se me quita la idea que al retirar la hierba y la tierra del entorno del centro ceremonioso, nos encontraremos con más construcciones de piedras, hechas probablemente para acceder con más facilidad a la cumbre de la colina, como imagino lo hicieron los pobladores de otros tiempos que visitaban con cierta frecuencia este lugar para rendir culto al sol. Bueno, esta imaginación mía, puede confirmarse o dilucidarse por completo, si el organismo de la cultura del país, decide dedicar un poco más de atención a este lugar.
Al llegar a la cumbre, de inmediato me aposté en un lugar privilegiado para cumplir con mi tarea de filmar el acto teatral, pues, sin percatarme siquiera en lo más mínimo, numerosas personas del pueblo habían llegado antes que nosotros y se habían ubicado en los entornos para apreciar el espectáculo que prometía ser de primera. El Profesor Rubén, de actor de la noche anterior se había convertido en director del grupo de jóvenes actores que iban a representar un espectáculo realmente sensacional, que a todos encantó y a mí me dejó encandilado, como buen amante que soy del teatro y el arte en sí. Antes de ello, cuando los artistas tomaban posición para iniciar el acto, me di tiempo para contemplar desde la cumbre de aquella colina el paisaje extraordinario que nos brinda la naturaleza en esa parte de la selva peruana. Una sensación de majestuosidad y grandeza de la naturaleza ante la pequeña y limitada acción humana. La incredulidad descartada me invadió al tener semejante visión. Me sentí un elegido, no sé por quién o por qué, por encontrarme ahí y poder disfrutar de tanta maravilla. Casi de inmediato, también me sentí orgulloso de ser de este lugar, de haber nacido en él y poder transmitir en este relato estas sensaciones ennoblecedoras y al mismo tiempo engrandecedoras. El pueblo de Pamashto enclavada en una especie de valle, rodeada, guarnecida diría yo, de imponentes cerros a la distancia. Más allá la ciudad de Tabalosos, pequeña ante los ojos, vista desde la cumbre del Centro Ceremonioso, cual pequeño villorrio acurrucado, seguro y protegido a los pies de gigantes celadores. Siguiendo la vista a la derecha, el imponente, majestuoso y casi mítico, Huaman Huasi, un cerro de caprichosa figura que ha inspirado a poetas y escritores con historias y leyendas fabulosas.
Con la impresión que provoca algo nunca antes visto, me quedé perplejo, extasiado, anonadado ante tanta maravilla natural, que me olvidé del por qué de mi presencia en ese lugar, hasta que la voz del Profesor Rubén, desde el otro lado del escenario, me despertó:
— ¡Jorge, hermano Jorge!, —volteé a mirarlo, —empieza a grabar, hermano, —me dijo.
Efectivamente, el espectáculo estaba por comenzar. Con lo distraído que estaba con la visión mágica que tenía ante mí, me había olvidado que tenía la cámara en la mano y que, fácilmente, pude haber grabado el bello paisaje natural que pude contemplar desde allí. No lo hice, y recién hoy, cuando escribo estas líneas, me doy cuenta de lo inexperto que soy con esos aparatos y esos trabajos. Acto seguido me paré firmemente sobre el piso resbaladizo del entorno del Centro Ceremonioso para enfocar con la cámara la representación teatral que iba a empezar. Minutos antes, cuando llegábamos al lugar, el Profesor Rubén me había advertido, que durante el acto teatral no dejara de enfocar a los que la protagonizaran y la salida del sol.
—El resto puedes filmarlo después, —me dijo enfáticamente. Así lo hice.
El día se manifestaba rápidamente aquel 21 de junio, cuando de pronto se escuchó el sonar de un tambor. Su rítmico sonido, suave y acompasado, precedió a un silencio total entre los asistentes al espectáculo, que por cierto, eran muchos. Entonces, como personajes del antiguo incario, hicieron su ingreso al escenario semicircular del Centro Ceremonioso los actores, dos hombres y dos mujeres. Ataviados a la usanza de aquellos tiempos, tal como nos relatan los cronistas y escritores, los jóvenes tenían las caras pintadas, los pies descalzos y la expresión seria y sosegada, que se supone, tenían los antiguos pobladores de esta zona, provenientes de descendientes de los incas, cuando realizaban este ritual. Con paso lento, enseñoreado e imponente, los actores avanzaron y se colocaron en formación semicircular mirando al lugar por donde, en contados minutos haría su aparición, el astro sol. Sin retirar la mira de la cámara de los actores, miré a la gente, estaban encandiladas como yo y levanté la mirada hacia donde miraban los actores, y pude ver el destello de luces que provenían detrás de los cerros. Me quedé así, mirando, hasta que escuché el sonido melodioso de una flauta. Era el profesor y músico Luis, quien la entonaba. Su sonido melancólico, por ratos flatulento, le daba al momento cierta solemnidad y misticismo, que inmediatamente me trasladó en cuerpo y mente a esos lugares imaginarios donde se desarrollaban estos actos allá por los tiempos de los incas.
De pronto el tambor dejó de sonar y la flauta también. Yo tenía la mira en los actores tal como el Profesor Rubén me había indicado, pero por el rabillo del ojo pude ver que él me hacía señales con las manos, entonces lo miré, me señalaba hacia arriba por donde el sol hacía su aparición. Entonces vi, claramente, el resplandor de colores de tonos rojizos, azulinos y  verduscos que se manifestaban en el cielo. Aunque el sol propiamente aún no se veía del todo, esa antesala de colores brillantes y entonados le daban al cielo un aspecto magnífico. Las nubes aún presentes a esa hora de la mañana, luego de un día de lluvia, se tornaban atractivos a la vista impregnados por esos destellos coloridos, que ningún artista podría plasmar en el lienzo, sino sólo el Creador, en el lienzo inmenso y majestuoso del cielo. Todos los asistentes teníamos fijas las miradas en el espectáculo celestial. Impresionados, con gestos embobados, por la magnificencia del momento. Luego, otra vez el Profesor Rubén, me hizo señales, indicando al otro lado. Miré hacia allí, y pude ver otra belleza natural. Aún cuando el sol no hacia su entrada al firmamento del nuevo día, sus rayos iluminaban de manera notable la cima de los cerros que rodean, a lo lejos, aquel lugar.  El Huaman Huasi con su caprichosa forma era iluminado en su punto más alto al igual que los otros. Pero cosa curiosa, cuando el sol sale del todo, aquella iluminación no se percibe, aquellos cerros que antes tenían una luminosidad en sus cimas, ahora con la presencia total del sol, nuevamente se opacaban, como cuando el astro rey anunciaba su presencia.
Cuando todo este espectáculo sideral había culminado, la actuación de los actores también estaba culminando. Los cuatro artistas habían recitado mensajes extraordinarios, bellos, llenos de pedidos hacia el sol a favor de la tierra, de los campesinos que de ella viven y de la humanidad en general. Por la no presencia de las sequías, o de las inundaciones, pidiendo que la producción sea generosa y la cosecha abundante. Los actores, con sus voces potentes y altamente expresivas, se dejaban oír hasta más allá del Centro Ceremonioso. Luego que el último había culminado su mensaje, nuevamente el tambor, con su sonido solemne, persistente y entonado, abrió el camino para la retirada de los artistas del escenario. El sonido de los aplausos de los asistentes me sacó de un breve ensimismamiento en el que me encontraba, devolviéndome  a la realidad del momento, entonces enfoqué con la mira de la cámara hacia el Profesor Rubén que en esos momentos saludaba y felicitaba efusivamente a los artistas. Luego vi que al darse cuenta de que lo filmaba, se dirigió con pasos firmes y largos, hacia mí.
—Hermano, ha culminado, puedes dejar de filmar, ¿qué tal te pareció la actuación de los muchachos?, —me preguntó.
—Extraordinario, —le respondí, —no tengo más palabras para expresar lo bien que me pareció, tú sabes que no soy experto en teatro y esas cosas, pero también sabes que aprecio mucho el talento de las personas, y hoy, además del talento de los actores, por sobre todo eso estuvo tu talento de actor, de director y conductor de este espectáculo, felicitaciones, Rubén, —le dije.
—Gracias, hermano, por tus palabras, y también por aceptar mi invitación y venir con nosotros a este lugar, —me respondió.
—Gracias a ti, hermano, por la insistencia, de lo contrario no hubiera conocido tan magnífico lugar.
Me dio unas palmadas en el hombro y se dirigió, con palabras,  al grupo artístico y a los espectadores.
—Muchas gracias señores del público por su asistencia, a los artistas, todos amigos míos, muchas gracias por acompañarme en esta travesía, ahora los invito a tomar un café caliente en casa de los Romero.
Acto seguido inició el regreso acompañado de sus hijos, sus amigos y demás personas y acosado por preguntas: “¿Cuándo sería la siguiente visita”, ¿Si en la siguiente representación asistirían más medios de comunicación?, etc. El profesor Rubén sólo sonreía y decía simplemente:
—Claro que sí, tiene que ser así, —y seguía caminando, sonriendo.
Más tarde, luego de haber disfrutado de un exquisito café, emprendimos la marcha de retorno. Artistas y gente de televisión lo hicieron primero, despidiéndose con abrazos y expresiones efusivas, como he visto hacerlo, muchas veces, en este tipo de gente que ama el arte y la cultura. Luego de haberse marchado todos los acompañantes, nos quedamos el Profesor Rubén, sus hijos y yo. Seguimos conversando de muchas cosas mientras esperábamos el vehículo que nos llevaría a la ciudad de Lamas, cosas interesantes que sólo se puede conversar con un artista e investigar social de la talla del Profesor Rubén. Muchas personas que por ahí pasaban y lo reconocían, simplemente se detenían a mirarlo en silencio, viendo cómo me conversaba con gestos de su rostro y sus manos, contándome anécdotas y chistes, que nos hacían reír a ambos. Más tarde llegó la camioneta que nos trasladaría, en ella nos subimos y emprendimos el camino de retorno a Lamas.

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